viernes 21 de mayo de 2010

Un Amigo y Maestro


Éramos muy chicos y nos decían que el futuro era todo nuestro, pero teníamos realmente muy poca participación del presente. Queríamos hacer algo, expresarnos desde algún lugar, decir lo que no se podía, y para eso había que manejar un código especial. Hablar sin hablar, buscar figuras y licencias poéticas que desde algún sitio del intelecto grite todas esas cosas que había que callar. Eran tiempos de palos, golpes, furia contenida y de no te metas, no hables: porque el silencio es salud. Es esos tiempos y siendo casi un niño conocí a un personaje que hizo que pensara. Nunca lo hice igual que él, pero me otorgó otra mirada, aportó la libertad de las preguntas y sobre todo sumergirme en otro mundo. Mi vida transitaba por el camino de una familia tradicional, el colegio, con uniforme y pelo bien corto, los grupos parroquiales y la barra brava de Atlanta. Éramos muy chicos y un profesor de guitarra con pelo largo y vistiendo como en los raros, violentos y movilizantes `70 nos enseñaba más que guitarra. Nos mostraba otra realidad. Decía que había que resistir, pero desde la acción, no desde lo filosófico. Se jugaba por aquello que quería y sobre todo, en tiempos en los que está prohibido expresarse, disentir y proyectar nos enseñó que se podía soñar. Sin más recurso que su talento apostó por el difícil camino del arte, por la tortuosa, peregrina e inestable vida del artista. Cuando uno ingresaba a la casa, que oficiaba de aula de estudio, debía atravesar un breve jardín, un pasillo y luego en la sala de la casa siempre había visitas, que compartían la clase. Uno sospechaba que no todos pagaban las clases, que muchos se atrasaban, seguramente que porque no podían, porque la crisis siempre estuvo presente en la economía de la vida de los jóvenes. Pero todos asistían a verlo, a aportar su pensamiento y a gozar del arte. A vivir sin especulaciones y a poder decir lo que pensamos. Jorge Garacotche, realizó la campaña de marketing de guerrilla más importante que recuerdo. Consiguió unos stickers en blanco, como esas etiquetas para poner precio pero más grande y con un sello les imprimía el nombre de su grupo: Canturbe y les daba a sus alumnos, amigos y seguidores algunas planchas para que las pegaran en cuanto lugar les fuera posible. Así la ciudad podía leer Canturbe, nada más que eso en todos lados, en las paredes, en cartelería y señal ética, en ascensores, colegios, clubes, por donde quiera que uno transitara se podía encontrar con uno de esos cartelitos. Cierta vez Charly García le comentó que estando en Brasil, junto con Levón vieron uno de sus carteles. Mucho tiempo después y ya hecho un hombre puedo rescatar el inmenso valor de todas aquellas personas que ayudaron en mi formación. Porque siendo muy jovencito puede observar en la facultad como algunos para ganar el favor de algún profesor lo seguían por dos cuadras adulándolos o siendo siempre funcional al poder. Pude ver a mequetrefes que desde un púlpito manchado de grasa y sangre nos enseñaban moral. Pero en esos instantes siempre pude recordar a todas aquellas personas que pusieron el cuerpo a sus dichos, a los que no eligieron el camino más cómodo, ni eligieron tomar atajos, que pueden contar su pasado sin ponerse colorados. Querido Jorge Garacotche: gracias por todo. Daniel Mongelli